viernes 20 de noviembre de 2009
jueves 8 de octubre de 2009
La reconversión basilical
Antes de entrar en la Iglesia, y durante buena parte del camino desde su casa, se había asegurado de que iba a tener el suelto suficiente para los diferentes actos litúrgicos que solía seguir en ella. No podía soportar echar un billete de los que él llamaba "de los grandes" y que las llamadas Expendedoras de la Gracia le hiciesen la devolución sólo con monedas. Parecía que lo único que se buscaba era que se gastasen todas ellas en las diferentes maquinas para no tener que ir arrastrando el bolsillo con su peso. Sabía que también podía utilizar su Tarjeta Eclesial, que podía cargar con todo el crédito que quisiera, pero no le gustaba llevarla por que ya había perdido más de una y, además, más de una vez se le había quedado atrancada.
Abrió la puerta cuidadosamente procurando no hacer ruido, ya que podía molestar a alguién ocupado en sus rezos, pero al ver sólo oscuridad comprendió que estaba sólo, por lo que lo primero que hizo fue dirigirse a la expendedora de velas eléctricas y echar un par de monedas para encender dos de éstas. A penas daban luz, pero con ellas conseguía entreveer algo entre la penumbra. Lo suficiente como para manejarse entre las siluetas de los bancos y columnas, para guiarse hasta la pila bautismal y después llegar al confesionario y hacer su purga semanal de pecadillos, algo que hacía más que nada por aburrimiento, sin duda, algo en que los jubilados como él eran expertos. Una vez en el pequeño cubículo diseñado para tal fin se puso de rodillas y palpó con la palma de su mano derecha la pantalla, lo que automáticamente encendió un letrero en que se podía leer "Jesús te ama". Tras las pantallas de saludos, el programa creado para la absolución de los pecados le preguntó que tipo de éstos era los que quería purgar, distinguiendo entre pecados capitales, veniales y mortales. Como siempre, dudaba cual de ellos debía elegir. Sabía cuáles eran sus faltas ante Dios, pero no sabía de que tipo eran. Por eso siempre elegía los pecados capitales, ya que éstos le sonaban mucho más que los veniales y por que suponía que no podían estar entre los mortales. Una vez elegido el tipo, el programa le indicó que en cinco segundos debía acercarse al micrófono y enumerar lo más claramente posible las diferentes culpas incurridas. Así, una vez consumados los cinco segundos comenzó a delatarse con todo tipo de absurdos deslices que ni por poco llegaban al estatus de pecado, pero que seguro que aquella beatífica y más que fría máquina le convidaba a seguir toda una serie de pasos para conseguir una absolución de lo más celestial. Una vez hubo terminado de relatar su catálogo de pseudo pecados pulsó la pantalla, y en ésta aparecía un cortes "Por favor, santigüese y espere las pautas a seguir para conseguir su perdón". Pero, tras unos segundos, apareció una pequeña ventanita advirtiendo de un error en el sistema. Un poco confundido comenzó a mirar a los lados y, tras una mirada de rabia a la ranura donde había echado las monedas, vio un pequeño timbre que podía utilizar en caso de emergencia. Lo pulsó y, tras toda una serie de interferencias, le preguntaron el motivo de la llamada y éste, un tanto nervioso, comenzó a contar lo sucedido. Del otro lado de la línea, le pidieron que esperara, pues en unos minutos llegaría un operario para tratar de solucionar el problema.
Así fue, en poco más de cinco minutos llegó un chico joven con toda la pinta de tener grandes conocimientos informáticos, pero pocos sobre cuestiones teológicas. De todas maneras, en este caso, éstas le interesaban más bien poco ya que sólo le preocupan las monedas perdidas. Éste le preguntó que le había ocurrido y le volvió a repetir todo lo que acababa de decir por el telefonillo. Tras escucharle, el técnico se le quedó mirando un tanto meditativo y dijo que lo único que se le ocurría era desenchufar la máquina purgadora pecados, y así lo hizo. Tras cinco segundos la enchufó de nuevo y esperó a que se reiniciase el programa, que parecía volver a funcionar con total normalidad. Así, comenzó a recoger las cosas y a despedirse, pero éste le dijo que no podía irse ya que le faltaba devolverle el dinero que había echado. Ante ello, el técnico le dijo que él no podía hacer nada y qué lo único que le podía aconsejar era que volviese al día siguiente, ya que era domingo y, a pesar de estar en una iglesia, no iba a encontrar a nadie que le pudiera ayudar por que ya todo está automatizado ante la falta de vocaciones y el único párroco de la ciudad va de una iglesia a otra ocupándose básicamente del estado de las instalaciones.
Abrió la puerta cuidadosamente procurando no hacer ruido, ya que podía molestar a alguién ocupado en sus rezos, pero al ver sólo oscuridad comprendió que estaba sólo, por lo que lo primero que hizo fue dirigirse a la expendedora de velas eléctricas y echar un par de monedas para encender dos de éstas. A penas daban luz, pero con ellas conseguía entreveer algo entre la penumbra. Lo suficiente como para manejarse entre las siluetas de los bancos y columnas, para guiarse hasta la pila bautismal y después llegar al confesionario y hacer su purga semanal de pecadillos, algo que hacía más que nada por aburrimiento, sin duda, algo en que los jubilados como él eran expertos. Una vez en el pequeño cubículo diseñado para tal fin se puso de rodillas y palpó con la palma de su mano derecha la pantalla, lo que automáticamente encendió un letrero en que se podía leer "Jesús te ama". Tras las pantallas de saludos, el programa creado para la absolución de los pecados le preguntó que tipo de éstos era los que quería purgar, distinguiendo entre pecados capitales, veniales y mortales. Como siempre, dudaba cual de ellos debía elegir. Sabía cuáles eran sus faltas ante Dios, pero no sabía de que tipo eran. Por eso siempre elegía los pecados capitales, ya que éstos le sonaban mucho más que los veniales y por que suponía que no podían estar entre los mortales. Una vez elegido el tipo, el programa le indicó que en cinco segundos debía acercarse al micrófono y enumerar lo más claramente posible las diferentes culpas incurridas. Así, una vez consumados los cinco segundos comenzó a delatarse con todo tipo de absurdos deslices que ni por poco llegaban al estatus de pecado, pero que seguro que aquella beatífica y más que fría máquina le convidaba a seguir toda una serie de pasos para conseguir una absolución de lo más celestial. Una vez hubo terminado de relatar su catálogo de pseudo pecados pulsó la pantalla, y en ésta aparecía un cortes "Por favor, santigüese y espere las pautas a seguir para conseguir su perdón". Pero, tras unos segundos, apareció una pequeña ventanita advirtiendo de un error en el sistema. Un poco confundido comenzó a mirar a los lados y, tras una mirada de rabia a la ranura donde había echado las monedas, vio un pequeño timbre que podía utilizar en caso de emergencia. Lo pulsó y, tras toda una serie de interferencias, le preguntaron el motivo de la llamada y éste, un tanto nervioso, comenzó a contar lo sucedido. Del otro lado de la línea, le pidieron que esperara, pues en unos minutos llegaría un operario para tratar de solucionar el problema.
Así fue, en poco más de cinco minutos llegó un chico joven con toda la pinta de tener grandes conocimientos informáticos, pero pocos sobre cuestiones teológicas. De todas maneras, en este caso, éstas le interesaban más bien poco ya que sólo le preocupan las monedas perdidas. Éste le preguntó que le había ocurrido y le volvió a repetir todo lo que acababa de decir por el telefonillo. Tras escucharle, el técnico se le quedó mirando un tanto meditativo y dijo que lo único que se le ocurría era desenchufar la máquina purgadora pecados, y así lo hizo. Tras cinco segundos la enchufó de nuevo y esperó a que se reiniciase el programa, que parecía volver a funcionar con total normalidad. Así, comenzó a recoger las cosas y a despedirse, pero éste le dijo que no podía irse ya que le faltaba devolverle el dinero que había echado. Ante ello, el técnico le dijo que él no podía hacer nada y qué lo único que le podía aconsejar era que volviese al día siguiente, ya que era domingo y, a pesar de estar en una iglesia, no iba a encontrar a nadie que le pudiera ayudar por que ya todo está automatizado ante la falta de vocaciones y el único párroco de la ciudad va de una iglesia a otra ocupándose básicamente del estado de las instalaciones.
viernes 13 de marzo de 2009
La ausencia
Se despertó dando un pequeño latigazo, como sí hubiese recibido un susto en el algún mal sueño. Estaba toda empapada en un sudor pegajoso y frío que resultaba de lo más molesto. Una vez se hubo recuperado del sobresalto y fue consciente de que se había despertado observó que aún no entraba luz entre las rendijas de la persiana, por lo que aún ni siquiera había comenzado a amanecer. Pensó, algo que la oscuridad obviaba, quedarse en la cama e intentar dormir un poco más ,pero se acordó de su hija Ana y como ésta estaba padeciendo aquella terrible enfermedad que la obligaba a no abandonar la cama desde hacía tanto tiempo. Por ello, luchando consigo misma, prefirió levantarse para ver como se encontraba. Tal vez ella tampoco estuviese dormida, harta de tanto descansar, y necesitase algo de compañía.
Pusó su pie izquierdo en el suelo que estaba completamente helado, lo que le hizo levantarlo rápidamente para después moverlo de un lado a otro en busca de sus zapatillas de andar por casa. Al no dar con ellas supuso que éstas habrían huido, de alguna extraña manera, a algún lugar debajo de la cama por lo que se incorporó de la forma más ágil que pudo y se agachó para buscarlas. En efecto, en el silencio de la noche, éstas estaban justo en medio de los bajos de la cama.
Al levantarse, Lucio, su marido, se movió un poco e hizo un amago de despertar, pero todo quedó en un vago resoplido, sin apenas fuerzas. No despertarle le supo a todo un triunfo y para continuar sin hacerlo se fue de puntillas de la habitación. De tal guisa llegaría al cuarto de baño donde pasaría un par de minutos quitándose las legañas y, con ellas, algo de sueño. A pesar de ello, sus ojos hinchados también le aconsejarían quedarse en la cama, pero hizo caso omiso de ellos y tras sonarse suavemente la nariz fue a ver a su hija.
Cruzando el salón vió que parecía que, en ese momento, por fin estaba empezando a amanecer lo que le dió animos en su cruzada particular contra el sueño. Una vez lo hubo cruzado pasó un pequeño trecho de un pasillo y llegó a la puerta de la habitación de su hija. Pero, una vez en ella, vio que su hija no estaba, y eso le dejó completamente descolocada. Le costó hacerlo, pero tras un momento de parálisis, logró entrar a la habitación y, justo en el centro, se dio una vuelta a sí misma buscando algo que explicara su ausencia. Estaban todas sus cosas pero ella no. Se acercó a la cama y pusó la palma de su mano derecha sobre ella, lo que le hizo recibir un golpe frío que le recorrería todo su cuerpo.
No lo entendía, su hija casi no podía moverse y no estaba en la cama que, además, estaba hecha. Ante ello, lo único que se le ocurrió fue ir a buscarla a la cocina, tal vez haciendo un gran esfuerzo había ido a ella a beber agua o a tomar cualquier otra cosa. O, tal vez, se encontraba mejor y harta de tanta cama había ido a la cocina a ver la tele pequeña para no molestar encenciendo la del salón. Pero allí tampoco estaba. Miró la silla en la que ella se sentaba, siempre rodeada de migas de galletas y de chocolate, con su mirada perdida en cualquier serie de dibujos animados, con su "buenos días" tan remolón si fijarse siquiera quién pasaba por delante de ella. No podía perder detalle de lo que ocurría, si algún motivo había para que se despertara era ver alguna de sus series, ¿qué otro motivo podía tener?
Mientras observaba la silla y se perdía en imágenes de su hija escuchó "Pero, Laura, ¿qué haces levantada tan temprano?". La forma de preguntarlo evidenciaba que Lucio sabía lo que Laura estaba haciendo, lo que también hizo que ésta volviese a la realidad.
Una vez más, se había levantado con la idea de ver a su hija e intentar hacer lo posible para que la enfermedad no pudiese con ella. Pero, lo cierto, era que lo había hecho. Para no hacer sufrir a Lucio le dijo "no te preocupes, cariño, sólo me he levantado para beber un poco de agua, ahora mismo vuelvo a la cama". Evidentemente, Lucio no la creyó y anticipándose a sus lágrimas fue a abrazarla.
Pusó su pie izquierdo en el suelo que estaba completamente helado, lo que le hizo levantarlo rápidamente para después moverlo de un lado a otro en busca de sus zapatillas de andar por casa. Al no dar con ellas supuso que éstas habrían huido, de alguna extraña manera, a algún lugar debajo de la cama por lo que se incorporó de la forma más ágil que pudo y se agachó para buscarlas. En efecto, en el silencio de la noche, éstas estaban justo en medio de los bajos de la cama.
Al levantarse, Lucio, su marido, se movió un poco e hizo un amago de despertar, pero todo quedó en un vago resoplido, sin apenas fuerzas. No despertarle le supo a todo un triunfo y para continuar sin hacerlo se fue de puntillas de la habitación. De tal guisa llegaría al cuarto de baño donde pasaría un par de minutos quitándose las legañas y, con ellas, algo de sueño. A pesar de ello, sus ojos hinchados también le aconsejarían quedarse en la cama, pero hizo caso omiso de ellos y tras sonarse suavemente la nariz fue a ver a su hija.
Cruzando el salón vió que parecía que, en ese momento, por fin estaba empezando a amanecer lo que le dió animos en su cruzada particular contra el sueño. Una vez lo hubo cruzado pasó un pequeño trecho de un pasillo y llegó a la puerta de la habitación de su hija. Pero, una vez en ella, vio que su hija no estaba, y eso le dejó completamente descolocada. Le costó hacerlo, pero tras un momento de parálisis, logró entrar a la habitación y, justo en el centro, se dio una vuelta a sí misma buscando algo que explicara su ausencia. Estaban todas sus cosas pero ella no. Se acercó a la cama y pusó la palma de su mano derecha sobre ella, lo que le hizo recibir un golpe frío que le recorrería todo su cuerpo.
No lo entendía, su hija casi no podía moverse y no estaba en la cama que, además, estaba hecha. Ante ello, lo único que se le ocurrió fue ir a buscarla a la cocina, tal vez haciendo un gran esfuerzo había ido a ella a beber agua o a tomar cualquier otra cosa. O, tal vez, se encontraba mejor y harta de tanta cama había ido a la cocina a ver la tele pequeña para no molestar encenciendo la del salón. Pero allí tampoco estaba. Miró la silla en la que ella se sentaba, siempre rodeada de migas de galletas y de chocolate, con su mirada perdida en cualquier serie de dibujos animados, con su "buenos días" tan remolón si fijarse siquiera quién pasaba por delante de ella. No podía perder detalle de lo que ocurría, si algún motivo había para que se despertara era ver alguna de sus series, ¿qué otro motivo podía tener?
Mientras observaba la silla y se perdía en imágenes de su hija escuchó "Pero, Laura, ¿qué haces levantada tan temprano?". La forma de preguntarlo evidenciaba que Lucio sabía lo que Laura estaba haciendo, lo que también hizo que ésta volviese a la realidad.
Una vez más, se había levantado con la idea de ver a su hija e intentar hacer lo posible para que la enfermedad no pudiese con ella. Pero, lo cierto, era que lo había hecho. Para no hacer sufrir a Lucio le dijo "no te preocupes, cariño, sólo me he levantado para beber un poco de agua, ahora mismo vuelvo a la cama". Evidentemente, Lucio no la creyó y anticipándose a sus lágrimas fue a abrazarla.
lunes 9 de marzo de 2009
El peor amigo del perro
Áquel no había sido su mejor día y los destrozos con los que se había encontrado al llegar a su finca lo empeoraron todo. Justamente, había ido a ella para relajarse y olvidar toda la discusión que había tenido en casa. Pero lo que estaba viendo hacía que todo pareciera ir a peor y que no hubiera solución posible. La peor parte se la había llevado el gallinero, tanto que de todas las gallinas apenas quedaba en pie la mitad y pocas de las que quedaban estaban en buen estado. Los desperfectos causados por la tormenta del día anterior y la gran cantidad de plumas que se extendían por todo el gallinero se asemejaban al estado de su conciencia, y reconocérselo a sí mismo le puso más furioso de lo que ya estaba.
Por su parte su perro, desde que había llegado, no había dejado de ladrar de la forma más estentórea posible, y eso le estaba poniendo aún más nervioso. Sus ladridos se habían ido asemejando a las voces con las que había sido reprendado en casa.
No sabía por donde empezar para dejar todo un poco adecentado y mientras miraba a su alrededor no llegaba a comprender que había pasado, ya que no veía posible que una simple tormenta dejase así su gallinero. Entretanto tanto su perro seguía ladrando.
Se colocó en cuclillas delante de una de las gallinas destrozadas y el perro se puso a su lado con su persistente y pesado ladrido. Intentó apartarlo y éste, auque no intentó morderlo, rozó con sus dientes su mano y le hizo un pequeño arañazo.
Víctima de un ataque de nervios comenzó a golpear al perro y a gritarle "¡¡¡Cállate, cállate de una vez!!!", por lo que éste dejó de ladrar por un momento, pero al instante volvió a ladrar de nuevo. Ante eso, éste cogió un bastón bastante considerable que tenía justamente al lado de la puerta del gallinero y volvió a pegarle de nuevo de una forma más consistente.
El perro terminó cambiando sus ladridos por un lloro en forma de aullidos, y al mismo tiempo intentaba acercarse a su amo buscando que cambiase los golpes por alguna caricia de perdón que ni siquiera tenía que pedir. Pero éste, del todo excitado y anulado, continuaba asestándole duros golpes, uno de los cuales acabó por desplomarle.
Al verlo, pareció tomar conciencia de lo que había hecho y se colocó en el suelo comenzando a golpear con el puño a la tierra enfanganda. Tras ver que se había hecho sangre en los nudillos se puso a llorar y en una voz un tanto sorda se dirigió, parece que algo arrepentido, a su perro diciéndole: "¿Esto es lo que querías, eh?, ¿Es esto lo que querías?".
Por su parte su perro, desde que había llegado, no había dejado de ladrar de la forma más estentórea posible, y eso le estaba poniendo aún más nervioso. Sus ladridos se habían ido asemejando a las voces con las que había sido reprendado en casa.
No sabía por donde empezar para dejar todo un poco adecentado y mientras miraba a su alrededor no llegaba a comprender que había pasado, ya que no veía posible que una simple tormenta dejase así su gallinero. Entretanto tanto su perro seguía ladrando.
Se colocó en cuclillas delante de una de las gallinas destrozadas y el perro se puso a su lado con su persistente y pesado ladrido. Intentó apartarlo y éste, auque no intentó morderlo, rozó con sus dientes su mano y le hizo un pequeño arañazo.
Víctima de un ataque de nervios comenzó a golpear al perro y a gritarle "¡¡¡Cállate, cállate de una vez!!!", por lo que éste dejó de ladrar por un momento, pero al instante volvió a ladrar de nuevo. Ante eso, éste cogió un bastón bastante considerable que tenía justamente al lado de la puerta del gallinero y volvió a pegarle de nuevo de una forma más consistente.
El perro terminó cambiando sus ladridos por un lloro en forma de aullidos, y al mismo tiempo intentaba acercarse a su amo buscando que cambiase los golpes por alguna caricia de perdón que ni siquiera tenía que pedir. Pero éste, del todo excitado y anulado, continuaba asestándole duros golpes, uno de los cuales acabó por desplomarle.
Al verlo, pareció tomar conciencia de lo que había hecho y se colocó en el suelo comenzando a golpear con el puño a la tierra enfanganda. Tras ver que se había hecho sangre en los nudillos se puso a llorar y en una voz un tanto sorda se dirigió, parece que algo arrepentido, a su perro diciéndole: "¿Esto es lo que querías, eh?, ¿Es esto lo que querías?".
viernes 27 de febrero de 2009
Flexibilidad Horaria
Allí estaba, subiendo la verja de su tienda en plena noche. Que todo a su alrededor estuviese cerrado y apenas hubiese luz no parecía llamarle la atención en modo alguno. Además de él, como mucho, sólo pasaba alguién perdido o alguién que todavía no había considerado oportuno irse a dormir y que prefería seguir vagando por las calles bajo las estrellas, que por muy lejanas que estuviesen parecían iluminar más que la vieja farola situada en la mitad de aquella plaza. Él, al contrario, se acababa de levantar.
Ya había dormido todo lo que tenía que dormir y, tras escuchar la alarma del reloj que tenía en la propia tienda, saltó de la cama que tenía en la trastienda y fue a apagarla. Mientras lo hacía, miró hacia fuera y no le llamó nada la atención que sólo hubiera oscuridad y más oscuridad.
No era la primera noche que lo hacía, ni siquiera la segunda ya que ya llevaba un número como para tener en cuenta. Pero, nada, no términaba de ser consciente de la situación. Tampoco parecía que la falta considerable, o más bien nula, de clientes le hiciera plantearse la circunstancia tan absurda en la que estaba.
Los que sí parecían darse cuenta eran sus animales ya que cada cual, a su estilo y manera, seguían durmiendo tal como le marcaban sus respectivos biorritmos, que señalaban una clara ruptura entre el día y la noche. Por algo era que últimamente, mientras dormía, se despertaba por el ruido que éstos hacían.
Una vez colocado tras el mostrador, y tras poner algo de música de fondo, pensó en la poca actividad que tenía y aunque le parecía extraño no terminaba de encontrar el porqué.
Para no estar de brazos cruzados empezó a limpiar toda la tienda y cuando hubo terminado comenzó a echar una ojeada a los animales para tenerlos lo más presentables posible para un posible cliente. A los primeros que se acercó fue a los cachorros de fox terrier, sus preferidos en la tienda y los que temía que antes vendería. Les podía el sueño y no le hiceron caso, así que tras rellenarles el comedero y el bebedero pasó rápidamente por el resto de los animales. Igualmente, ninguno de ellos parecía que se interesara lo más mínimo por los nuevos aportes de comida.
Así, periquitos, agapornis y demás aves seguían con sus cabezas sumergidas entre sus alas y su plumaje; los ratones y otros roedores estaban hechos todos una gran bola en los rincones de sus terrarios; las tortugas permanecían encerradas en sus caparazones, y, de un modo u otro, cada uno de los animales dormía a su manera. La única excepción la daban los diferentes tipos de insectos, que nunca le habían llegado a agradar, y los peces, que con aparecer con el bote de comida para ellos subían a la superficie de las peceras. Tras dar un repaso más que importante a toda la tienda volvió al mostrador .
Mientras esperaba a que llegase algún cliente, pensó que poco podría vender si sus animales seguían con esa actitud. Bromeando consigo mismo se dijo que no sabían venderse, que lo único que les gustaba era dormir y dormir, lo que bien mirado no dejaba de ser un buen ejemplo para él.
Aburrido, como no podía ser de otra manera, empezó a mirar el reloj que poco antes le había despertado. Abandonó sus pensamientos por el segundero y al seguir su movimiento recordó a su padre, quién le dejó al cargo de la tienda al morir y, con ella, aquel viejo reloj al que, en cuestión de horarios se refiere, siempre había seguido religiosamente. Éste decidía cuando se abría y, como no, cuando se cerraba; y, por ello, para poder oir la alarma la cama estaba en la trastienda, donde su padre siempre había dormido.
Su padre nunca le había dicho como tenía que llevar la tienda, ya que desde muy pequeño lo había visto muy suelto en ella y confíaba en él. Lo que sí le había recalcado una y otra vez era que lo principal era seguir aquel reloj, ya que un horario era sagrado para un negocio. Y a eso se había dedicado: a seguirlo un día tras otro.
Pero el reloj, ante lo que era más que una evidente falta de percepción temporal de nuestro protagonista, empezó a retrasarse cada día un poco más y, aunque cualquier pesona al cabo de unos pocos días se hubiese dado cuenta, éste siguió abriendo y cerrando según sus caprichos horarios. La situación llegó a ser tan disparatada que ya llevaba varios días abriendo en plena noche. Algún vecino lo había visto pero lo único que podía pensar era que estaba reformando la tienda y que perdía sus horas de descanso en ello.
Pero esa noche, mientras recordaba a su padre, el reloj se paró de repente a las once y cuarto de la mañana. Los demás relojes que tenía en casa estaban sin pilas desde hacía ya bastante tiempo y pensó en esperar a algún cliente para preguntarle la hora, pero se puso nervioso y salió a la calle para mirar la hora en la cabina telefónica que había al lado de su tienda. Fue a toda prisa, ya que no le gustaba dejar la tienda sola ni un momento. Entró en la cabina y al mirar el reloj no sé lo pudo creer, eran las cinco y treinta de la mañana.
Ya había dormido todo lo que tenía que dormir y, tras escuchar la alarma del reloj que tenía en la propia tienda, saltó de la cama que tenía en la trastienda y fue a apagarla. Mientras lo hacía, miró hacia fuera y no le llamó nada la atención que sólo hubiera oscuridad y más oscuridad.
No era la primera noche que lo hacía, ni siquiera la segunda ya que ya llevaba un número como para tener en cuenta. Pero, nada, no términaba de ser consciente de la situación. Tampoco parecía que la falta considerable, o más bien nula, de clientes le hiciera plantearse la circunstancia tan absurda en la que estaba.
Los que sí parecían darse cuenta eran sus animales ya que cada cual, a su estilo y manera, seguían durmiendo tal como le marcaban sus respectivos biorritmos, que señalaban una clara ruptura entre el día y la noche. Por algo era que últimamente, mientras dormía, se despertaba por el ruido que éstos hacían.
Una vez colocado tras el mostrador, y tras poner algo de música de fondo, pensó en la poca actividad que tenía y aunque le parecía extraño no terminaba de encontrar el porqué.
Para no estar de brazos cruzados empezó a limpiar toda la tienda y cuando hubo terminado comenzó a echar una ojeada a los animales para tenerlos lo más presentables posible para un posible cliente. A los primeros que se acercó fue a los cachorros de fox terrier, sus preferidos en la tienda y los que temía que antes vendería. Les podía el sueño y no le hiceron caso, así que tras rellenarles el comedero y el bebedero pasó rápidamente por el resto de los animales. Igualmente, ninguno de ellos parecía que se interesara lo más mínimo por los nuevos aportes de comida.
Así, periquitos, agapornis y demás aves seguían con sus cabezas sumergidas entre sus alas y su plumaje; los ratones y otros roedores estaban hechos todos una gran bola en los rincones de sus terrarios; las tortugas permanecían encerradas en sus caparazones, y, de un modo u otro, cada uno de los animales dormía a su manera. La única excepción la daban los diferentes tipos de insectos, que nunca le habían llegado a agradar, y los peces, que con aparecer con el bote de comida para ellos subían a la superficie de las peceras. Tras dar un repaso más que importante a toda la tienda volvió al mostrador .
Mientras esperaba a que llegase algún cliente, pensó que poco podría vender si sus animales seguían con esa actitud. Bromeando consigo mismo se dijo que no sabían venderse, que lo único que les gustaba era dormir y dormir, lo que bien mirado no dejaba de ser un buen ejemplo para él.
Aburrido, como no podía ser de otra manera, empezó a mirar el reloj que poco antes le había despertado. Abandonó sus pensamientos por el segundero y al seguir su movimiento recordó a su padre, quién le dejó al cargo de la tienda al morir y, con ella, aquel viejo reloj al que, en cuestión de horarios se refiere, siempre había seguido religiosamente. Éste decidía cuando se abría y, como no, cuando se cerraba; y, por ello, para poder oir la alarma la cama estaba en la trastienda, donde su padre siempre había dormido.
Su padre nunca le había dicho como tenía que llevar la tienda, ya que desde muy pequeño lo había visto muy suelto en ella y confíaba en él. Lo que sí le había recalcado una y otra vez era que lo principal era seguir aquel reloj, ya que un horario era sagrado para un negocio. Y a eso se había dedicado: a seguirlo un día tras otro.
Pero el reloj, ante lo que era más que una evidente falta de percepción temporal de nuestro protagonista, empezó a retrasarse cada día un poco más y, aunque cualquier pesona al cabo de unos pocos días se hubiese dado cuenta, éste siguió abriendo y cerrando según sus caprichos horarios. La situación llegó a ser tan disparatada que ya llevaba varios días abriendo en plena noche. Algún vecino lo había visto pero lo único que podía pensar era que estaba reformando la tienda y que perdía sus horas de descanso en ello.
Pero esa noche, mientras recordaba a su padre, el reloj se paró de repente a las once y cuarto de la mañana. Los demás relojes que tenía en casa estaban sin pilas desde hacía ya bastante tiempo y pensó en esperar a algún cliente para preguntarle la hora, pero se puso nervioso y salió a la calle para mirar la hora en la cabina telefónica que había al lado de su tienda. Fue a toda prisa, ya que no le gustaba dejar la tienda sola ni un momento. Entró en la cabina y al mirar el reloj no sé lo pudo creer, eran las cinco y treinta de la mañana.
jueves 19 de febrero de 2009
lunes 16 de febrero de 2009
La presentación
Como todas las mañanas, de lunes a viernes, su histriónico despertador le hizo despertarse de lo más nervioso. Pero, sin él, el acto de salir de la cama era todo un imposible. Hacía un tiempo, había tenido uno que sonaba como un tren antiguo, que imitaba aquel sonido tan característico de de los convoyes en las películas del oeste. El problema era que las más de las veces no le despertaba y su sonido le inducía a soñar con que iba montado en uno de aquellos trenes. Así que quién le solía despertar era su mujer que, de vez en cuando y con una pizca de amor conyugal, le decía "viajeros, el tran han llegado a su destino". Pero, tras la marcha de ésta hacia otros destinos connubiales, y tras haberse quedado un par de días dormido con su viejo despertador decidió comprarse uno con un sonido bien potente. De este modo, y con un poco de pena, decía adiós a sus oníricos viajes en ferrocarril.
De todos modos y por miedo a quedarse dormido puso el nuevo despertador lejos de su alcance, para que así tuviera que levantarse, tocar con sus pies descalzos el frío suelo, y apagarlo. Era algo que le mataba pero, sin duda, era mucho mejor que aguantar a su mujer quejándose de tener que levantarle siempre. De eso, no había ninguna duda.
La nueva alarma no era suficiente para despertarlo del todo y tenía que seguir luchando contra el sueño con una ducha bien fría, ya que estaba más que claro que sino se autoflagelaba con una buena dosis de gelidez acuática su sangre no empezaba a fluir, y sí ya él era muy dado a despertarse con el pie izquierdo muy mal le iba sino lo hacía así.
Después de todo esto, y de un desayuno bien fuerte y repleto de cafeína, que era lo que de verdad le despertaba, salió de su casa y tomó el primer taxi que pudo. Al entrar en él y decir la dirección de su oficina se dió cuenta de que era el mismo taxista que le había llevado el día anterior y dijo "Vaya, que casualidad, otra vez nos encontramos", y el taxista, con un poco de preplejidad, le dijo que lo sentía pero que no lo recordaba y, el caso, "es que recuerdo muy bien las caras. De todos modos, tengo muchos clientes al día y muchas veces, ni siquiera les miro a la cara". Al ver que no le reconoció sintió una especie de pequeña y tonta desilusión, pero de repente, el taxista, al escuchar las noticias en la radio, dijo "menudo gobierno, ya nos tiene la huelga a la vuelta de la esquina". Ante ello, y recordando lo que habían estado comentando el día anterior, dijo que "de eso precisamente habíamos estado hablado ayer". El taxista, un poco extrañado, le respondió que era imposible ya que los sindicatos lo dijeron el día anterior por la tarde, por lo que sería bastante raro que se antepusieran a las noticias de aquella mañana. Se quedó de lo más extrañado.
Justo cuando llegaban y le pedía el importe de lo que le debía, le preguntó un poco ruborizado a qué día estaban. El taxista le dijo "pues que día va a ser, que yo sepa es martes". Así, un tanto confuso, salió del taxi dándo las gracias y algo de propina.
Una vez fuera de él se dirigió al gran pórtico del edificio donde trabajaba. Cuando subía por el ascensor que conducía a la cúpula directiva en la que estaba su oficina pensaba que el taxita tenía que estar equivocado, ya que, no le cabía duda, era y tenía que ser miércoles. Es más, estaba seguro de que justamente había estado en ese taxi y con aquel taxista. Además, había pasado toda la noche casi sin dormir para darle los últimos toques a la presentación que tenía que hacer a los accionistas japoneses, a los cuales tenía que mostrar que su empresa era la mejor elección.
Al llegar a su planta salió su jefe para recibirle, preguntándole por su trabajo y recordándole que apenas quedaba un día para la presentación. Ante eso tuvo que poner una cara de lo más peculiar ya que el jefe, un tanto asustado, le preguntó si algo iba mal. Tartamudeando un poco, le respondió que no se preocupase que se la podía presentar ese mismo día, pero que sólo necesitaba un café. El jefe le dijo "me lo tomaría encantado contigo, pero tengo que arreglar unas cuantas cosillas antes de la presentación. Ya sabes, cosas de protocolo y demás". Pero antes de dejarle le dijo que tenía que cambiar esa cara, ya que asustaba un poco.
Con esto, vió que el taxista tenía razón, ¡¡¡era martes!!! No se lo podía creer, ¿Qué le había pasado? No sabía que pensar aunque, eso sí, parecía que tenía el trabajo hecho para el día siguiente. Lo que no quería ni imaginar era que se le volviese a repetir el día, ya que ya era más preocupante que se le repitiera uno. Así que mientras hacía algo de tiempo en su oficina se repetía una y otra vez "mañana será mañana, mañana no será hoy, mañana será mañana, mañana no será hoy...". Para dejar de agobiarse decidió dar un repaso a su correo electrónico, más que nada para limpiarlo de correo basura. Y, ya que estaba, y para no pensar mucho en lo que le estaba pasando empezó a colocar y darle un repaso a toda su oficina, ya que estaba todo manga por hombro y nunca tenía tiempo para colocar cada cosa un sitio. Tras darle una y mil vueltas decidió echar un último vistazo a la presentación para darle algo más de brillo. Sabía que ésta sería bastante fácil, ya que los japoneses suelen ser bastante corteses y respetuosos cuando alguién les expone algo o, al menos, eso pensaba él de ellos.
Mientras meditaba en ello no podía parar de pensar que estaba haciendo algo para el día siguiente, como lo había hecho el día anterior. Pensó, bromeando consigo mismo, que ya que un día se le repetía podía haber sido uno festivo ya que el trabajo ya lo tenía hecho. Además esas 8 horas nadie se las iba a pagar. Después comenzó a aterrorizarse así mismo y volvió a repetirse su "mañana será mañana, mañana no será hoy". Con todo, trató de ser positivo y pensar que al día siguiente sí sería un día siguiente, un miércoles que sigue a un martes y no un martes que sigua a un martes. Estaba seguro de que a todo el mundo le había pasado lo mismo, pero que él era el único consciente de aquel hecho. Se sentía como un privilegiado ante todos los demás, pero no quería decir nada a nadie por si lo tomaban por un lunático o algo por el estilo, cosa que el mismo también pensaba a ratos. Pero era imposible que lo fuera, y sino como iba a poder anticiparse a lo que los demás le iban a decir.
Poco a poco, a fuerza de sugestionarse, se fue convenciendo de que el día siguiente iba a llegar. Aburrido de sím mismo fue a la cafetería a volver a escuchar a su compañera quejándose de que no sabía que hacer con sus hijos. La verdad es que no tenía ganas de escuchar de nuevo la conversación, pero quería asegurarse de que le contaría lo mismo del día anterior y así fue. Así, viendo que lo iba a contar de nuevo se tomó el café rápido y se disculpó diciendo que tenía que ver al jefe. Lo cierto es que no tenía por qué hacerlo, pero lo hizo para mostrarle la presentación. Éste salió encantado con su trabajo y le dio la tarde libre para que se relajara e hiciera un buen papel ante los japoneses.
De esta manera dejó el trabajo en la oficina para no tener la tentación de mirarlo otra vez en casa. Llamó a sus amigos a los que sólo veía los fines de semana, pero cómo no, estaban ocupados en sus respectivos trabajos. Acabó agobiándose de sí mismo y terminó alquilando un par de películas que, para su desgracia, no le gustaron lo más mínimo.
De lo más angustiado y repitiéndose una y otra vez el "mañana será mañana", terminó acostándose temprano. Por suerte tanta repitición le sirvió de somnífero y pronto alcanzó un sueño profundo.
Al día siguiente se despertó antes de que sonará el despertador y decidió apagarlo antes de que lo hiciera. Tras una rápida y fría ducha fue a mirar la agenda de su ordenador para ver qué día era. Vió que ponía que era jueves y pensó que en su ordenador no se había repetido ningún día, por lo que perfectamente podía seguir siendo martes. Por ello decidió poner alguna página web de algún periódico y para su sorpresa vio que su ordenador no se equivocaba ya que era jueves. Su vida se había repetido un día y saltado otro, no se lo podía creer. Pese a que todo era de lo más extraño, ya que un día se le había repetido y otro se lo había saltado o, al menos, no tenía conciencia de haberlo vivido; lo que más le precupaba era que había pasado con aquella presentación que tenía dar ante los japoneses.
La respuesta la tuvo nada más entrar en su oficina. Su jefe le esperaba sentado en su silla con cara de pocos amigos, o más bien de ninguno. Ésta y su "Ayer le estuve llamando todo el día y no hubo forma humana de contactar con usted, espero que tenga una explicación para excusar su falta en el día más importante de esta empresa", lo decía todo.
De todos modos y por miedo a quedarse dormido puso el nuevo despertador lejos de su alcance, para que así tuviera que levantarse, tocar con sus pies descalzos el frío suelo, y apagarlo. Era algo que le mataba pero, sin duda, era mucho mejor que aguantar a su mujer quejándose de tener que levantarle siempre. De eso, no había ninguna duda.
La nueva alarma no era suficiente para despertarlo del todo y tenía que seguir luchando contra el sueño con una ducha bien fría, ya que estaba más que claro que sino se autoflagelaba con una buena dosis de gelidez acuática su sangre no empezaba a fluir, y sí ya él era muy dado a despertarse con el pie izquierdo muy mal le iba sino lo hacía así.
Después de todo esto, y de un desayuno bien fuerte y repleto de cafeína, que era lo que de verdad le despertaba, salió de su casa y tomó el primer taxi que pudo. Al entrar en él y decir la dirección de su oficina se dió cuenta de que era el mismo taxista que le había llevado el día anterior y dijo "Vaya, que casualidad, otra vez nos encontramos", y el taxista, con un poco de preplejidad, le dijo que lo sentía pero que no lo recordaba y, el caso, "es que recuerdo muy bien las caras. De todos modos, tengo muchos clientes al día y muchas veces, ni siquiera les miro a la cara". Al ver que no le reconoció sintió una especie de pequeña y tonta desilusión, pero de repente, el taxista, al escuchar las noticias en la radio, dijo "menudo gobierno, ya nos tiene la huelga a la vuelta de la esquina". Ante ello, y recordando lo que habían estado comentando el día anterior, dijo que "de eso precisamente habíamos estado hablado ayer". El taxista, un poco extrañado, le respondió que era imposible ya que los sindicatos lo dijeron el día anterior por la tarde, por lo que sería bastante raro que se antepusieran a las noticias de aquella mañana. Se quedó de lo más extrañado.
Justo cuando llegaban y le pedía el importe de lo que le debía, le preguntó un poco ruborizado a qué día estaban. El taxista le dijo "pues que día va a ser, que yo sepa es martes". Así, un tanto confuso, salió del taxi dándo las gracias y algo de propina.
Una vez fuera de él se dirigió al gran pórtico del edificio donde trabajaba. Cuando subía por el ascensor que conducía a la cúpula directiva en la que estaba su oficina pensaba que el taxita tenía que estar equivocado, ya que, no le cabía duda, era y tenía que ser miércoles. Es más, estaba seguro de que justamente había estado en ese taxi y con aquel taxista. Además, había pasado toda la noche casi sin dormir para darle los últimos toques a la presentación que tenía que hacer a los accionistas japoneses, a los cuales tenía que mostrar que su empresa era la mejor elección.
Al llegar a su planta salió su jefe para recibirle, preguntándole por su trabajo y recordándole que apenas quedaba un día para la presentación. Ante eso tuvo que poner una cara de lo más peculiar ya que el jefe, un tanto asustado, le preguntó si algo iba mal. Tartamudeando un poco, le respondió que no se preocupase que se la podía presentar ese mismo día, pero que sólo necesitaba un café. El jefe le dijo "me lo tomaría encantado contigo, pero tengo que arreglar unas cuantas cosillas antes de la presentación. Ya sabes, cosas de protocolo y demás". Pero antes de dejarle le dijo que tenía que cambiar esa cara, ya que asustaba un poco.
Con esto, vió que el taxista tenía razón, ¡¡¡era martes!!! No se lo podía creer, ¿Qué le había pasado? No sabía que pensar aunque, eso sí, parecía que tenía el trabajo hecho para el día siguiente. Lo que no quería ni imaginar era que se le volviese a repetir el día, ya que ya era más preocupante que se le repitiera uno. Así que mientras hacía algo de tiempo en su oficina se repetía una y otra vez "mañana será mañana, mañana no será hoy, mañana será mañana, mañana no será hoy...". Para dejar de agobiarse decidió dar un repaso a su correo electrónico, más que nada para limpiarlo de correo basura. Y, ya que estaba, y para no pensar mucho en lo que le estaba pasando empezó a colocar y darle un repaso a toda su oficina, ya que estaba todo manga por hombro y nunca tenía tiempo para colocar cada cosa un sitio. Tras darle una y mil vueltas decidió echar un último vistazo a la presentación para darle algo más de brillo. Sabía que ésta sería bastante fácil, ya que los japoneses suelen ser bastante corteses y respetuosos cuando alguién les expone algo o, al menos, eso pensaba él de ellos.
Mientras meditaba en ello no podía parar de pensar que estaba haciendo algo para el día siguiente, como lo había hecho el día anterior. Pensó, bromeando consigo mismo, que ya que un día se le repetía podía haber sido uno festivo ya que el trabajo ya lo tenía hecho. Además esas 8 horas nadie se las iba a pagar. Después comenzó a aterrorizarse así mismo y volvió a repetirse su "mañana será mañana, mañana no será hoy". Con todo, trató de ser positivo y pensar que al día siguiente sí sería un día siguiente, un miércoles que sigue a un martes y no un martes que sigua a un martes. Estaba seguro de que a todo el mundo le había pasado lo mismo, pero que él era el único consciente de aquel hecho. Se sentía como un privilegiado ante todos los demás, pero no quería decir nada a nadie por si lo tomaban por un lunático o algo por el estilo, cosa que el mismo también pensaba a ratos. Pero era imposible que lo fuera, y sino como iba a poder anticiparse a lo que los demás le iban a decir.
Poco a poco, a fuerza de sugestionarse, se fue convenciendo de que el día siguiente iba a llegar. Aburrido de sím mismo fue a la cafetería a volver a escuchar a su compañera quejándose de que no sabía que hacer con sus hijos. La verdad es que no tenía ganas de escuchar de nuevo la conversación, pero quería asegurarse de que le contaría lo mismo del día anterior y así fue. Así, viendo que lo iba a contar de nuevo se tomó el café rápido y se disculpó diciendo que tenía que ver al jefe. Lo cierto es que no tenía por qué hacerlo, pero lo hizo para mostrarle la presentación. Éste salió encantado con su trabajo y le dio la tarde libre para que se relajara e hiciera un buen papel ante los japoneses.
De esta manera dejó el trabajo en la oficina para no tener la tentación de mirarlo otra vez en casa. Llamó a sus amigos a los que sólo veía los fines de semana, pero cómo no, estaban ocupados en sus respectivos trabajos. Acabó agobiándose de sí mismo y terminó alquilando un par de películas que, para su desgracia, no le gustaron lo más mínimo.
De lo más angustiado y repitiéndose una y otra vez el "mañana será mañana", terminó acostándose temprano. Por suerte tanta repitición le sirvió de somnífero y pronto alcanzó un sueño profundo.
Al día siguiente se despertó antes de que sonará el despertador y decidió apagarlo antes de que lo hiciera. Tras una rápida y fría ducha fue a mirar la agenda de su ordenador para ver qué día era. Vió que ponía que era jueves y pensó que en su ordenador no se había repetido ningún día, por lo que perfectamente podía seguir siendo martes. Por ello decidió poner alguna página web de algún periódico y para su sorpresa vio que su ordenador no se equivocaba ya que era jueves. Su vida se había repetido un día y saltado otro, no se lo podía creer. Pese a que todo era de lo más extraño, ya que un día se le había repetido y otro se lo había saltado o, al menos, no tenía conciencia de haberlo vivido; lo que más le precupaba era que había pasado con aquella presentación que tenía dar ante los japoneses.
La respuesta la tuvo nada más entrar en su oficina. Su jefe le esperaba sentado en su silla con cara de pocos amigos, o más bien de ninguno. Ésta y su "Ayer le estuve llamando todo el día y no hubo forma humana de contactar con usted, espero que tenga una explicación para excusar su falta en el día más importante de esta empresa", lo decía todo.
jueves 12 de febrero de 2009
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